El caso Chano y la mirada social a los padecimientos psíquicos

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Por Oscar Ranzani

Cada tanto los medios producen un cimbronazo en la agenda pública y, en diversas ocasiones –sobre todo los televisivos–, es más lo que confunden que lo que informan. «No aclares que oscurece», señala uno de los refranes populares que pueden vincularse con lo que sucedió estos días en torno al episodio sufrido por el cantante Santiago «Chano» Moreno Carpentier, que recibió un balazo por parte de un efectivo de las fuerzas policiales durante un episodio de emergencia por cuestiones de salud mental. Y el caso Chano puso en el foco de la tormenta no sólo el accionar policial sino también el rol y la mirada de parte de la sociedad en este tipo de situaciones que viven figuras públicas y populares. A partir de este caso, ¿se sigue vislumbrando el prejuicio social sobre personas que tienen padecimientos mentales o se logró avanzar en cambiar la mirada social estigmatizante? Página/12 consultó a tres prestigiosos profesionales: el doctor en Psicología y doctor en Filosofía Luciano Lutereau, el médico psiquiatra y psicoanalista Emilio Vaschetto y el psicoanalista de la orientación lacaniana Guillermo López, también miembro de la Asociación Mundial de Psicoanálisis.

Emilio Vaschetto, Luciano Lutereau y Guillermo López

La insensibilidad social

Según Luciano Lutereau, el caso Chano vuelve a mostrar que, aunque muchas cosas hayan cambiado en la legislación, la sociedad sigue teniendo una actitud fuertemente punitiva al padecimiento psíquico. «Seguimos viviendo en una sociedad que disciplina la locura antes que desarrollar una actitud comprensiva. Estigmatiza al loco y sobre todo, en última instancia, plantea que frente a alguien en una situación de desborde, lo mejor sería un balazo o ser encerrado», señala. Para Lutereau esto sigue siendo parte también de una mirada del padeciente, en términos infantilizados, porque «desde la misma manera se piensa hoy en día que un niño que tiene algún episodio de desborde lo que le faltó fue un buen bife, un sopapo a tiempo. Sigue funcionando esa lógica punitiva de que ahí lo que habría faltado era más disciplina«, considera el autor de El fin de la masculinidad.

«Sacando de lado que desconozco el diagnóstico efectivo que tiene Chano o el tipo de patología que posee, hay dos caras de la segregación que históricamente han existido en el campo de la salud mental», expresa Emilio Vaschetto. Por un lado, según este psiquiatra y psicoanalista, una de esas caras es aquella donde hay una burla hacia el loco, como un silenciamiento o simplemente la construcción de un muro. «No me refiero con esto solamente a la internación psiquiátrica sino a las distintas modalidades de encierro, incluso cuando se lo etiqueta o se lo encorseta en las clasificaciones volviéndolo predecible y rechazando toda posibilidad de genialidad o de invención en el loco», argumenta Vaschetto. La otra cara de la segregación que observa este psiquiatra y psicoanalista es la que ve al «loco» como un minusválido, un perjudicado, una víctima en su locura, alguien a quien hay que ayudar, incluso a pesar de él mismo, aquel a quien se le tiene lástima o compasión. «No se lo escucha, tampoco porque no se lo concibe como un sujeto responsable que esté en condiciones de asumir éticamente las contingencias del ser», entiende Vaschetto. «Yo he dicho el campo de la salud mental, pero uno puede pensar que la sociedad misma está integrada en estas dos caras de la segregación», plantea.

Guillermo López descree que la mirada social de la sociedad actual haya cambiado respecto del «loco» en relación a otras épocas ya que «como tal y en sí mismo el loco pone en juego lo ilimitado, lo que está fuera de la ley, el mal que es propio de cada ser humano pero que es más fácil de depositar en el loco y no reconocerlo en uno mismo. La segregación del loco sigue vigente. Y en nuestro país, a pesar de la profunda raigambre que tuvo el psicoanálisis en la Argentina», subraya López. «Vivimos en una sociedad en la que hay toda una cuestión de que las acciones tienen que ser deliberadas racionalmente, las acciones deben ser científicamente ajustadas. Es una sociedad también de maximización del cálculo, donde se tienen que evaluar los riesgos en términos de cuantificación. Que lo que haga uno sea útil. De ese modo se pueden prever las acciones que llevarían a un mal resultado. Y me parece que la situación que vivió Chano pone en juego el acto, pone en juego la clínica del acto porque en ese momento había que actuar», subraya López.

Diagnósticos mediáticos

En varios medios televisivos se habló ligeramente de «brote psicótico». ¿Cómo deberían informarse estas cuestiones que son más de índole privada? Por otro lado, al hacerse tanto hincapié en el brote psicótico se confunde y se tiende a generalizar una situación que no siempre se da de la misma manera porque no todos quienes tienen un brote psicótico manifiestan las mismas conductas.

«Yo he escuchado ahora en los medios donde se lo califica a Chano a partir del diagnóstico de brote psicótico, como alguien que ha perdido la realidad, como alguien que está fuera de la realidad. Lo que el psicoanálisis propone es que el estar fuera de la realidad no es patrimonio del loco ni del psicótico sino que tanto los neuróticos (aquellos a quienes decimos «normales») como los psicóticos, ambos en algún punto han perdido la realidad. Esa es la tesis freudiana. En tal caso, la cuestión es de qué manera se sustituye esa pérdida de la realidad. Ahí tenemos otro prejuicio: que el loco es el que está fuera de la realidad«, cuestiona Vaschetto.

Para este psiquiatra hay que evitar la difusión de diagnósticos que puedan servir como etiquetas que son, más bien, insultantes para una persona. «Fuera del dispositivo clínico, las clasificaciones o los tipos clínicos pueden llegar a ser utilizados como herramientas insultantes, como algo peyorativo o algo estigmatizante. Entonces, considero que, en cuanto a la difusión de los medios, uno puede concientizar acerca de las problemáticas o el uso problemático de drogas, uno puede concientizar acerca de los lazos sociales y cómo sostener ciertos vínculos de coparticipación ética entre los distintos ciudadanos, pero no conviene utilizar herramientas psicopatológicas o clínicas por fuera del dispositivo estrictamente psicopatológico. Es ahí donde vemos la otra cara de la segregación donde los medios son responsables», expresa el psiquiatra.

Lutereau plantea que el hecho de que se haya hablado de brote psicótico, en sentido estricto de lo que se habla «es de una descompensación emocional y no es, en sentido fuerte, un diagnóstico, pero es la forma en que se popularizó de un tiempo a esta parte hablar de brotes con tintes pseudocientíficos para nombrar psicopatológicamente la conducta de alguien». «Por eso –continúa Lutereau– no se habla en términos de un desborde emocional ni una situación de descompensación sino que es una forma pseudocientífica, como la que, a veces, adoptan los medios para generar opinión pública. Todo el tiempo el saber científico corre el riesgo de ser incorporado a la jerga comunicativa de una forma ideológica para construir cierta opinión. Un ejemplo es decir ‘Chano tuvo un brote psicótico y al policía no le quedó más remedio que dispararle’. Ese no es un hecho, es un relato ideológico«, advierte el doctor en Filosofía y Psicología.

Violencia es mentir

Vaschetto no duda en señalar que el brote psicótico no es exactamente lo que se ha escuchado últimamente: «Esa metáfora naturalista, primaveral, del brote tiene toda una tradición psicopatológica que no es del psicoanálisis sino que está instalada en el discurso psiquiátrico pero que dista mucho de todo lo que se ha escuchado en estos días». Y agrega que el desencadenamiento psicótico tiene coordenadas muy precisas y no necesariamente se da en situaciones de extrema violencia o de excitación psicomotriz o de agresividad: «Puede ser la perplejidad o la soledad más extrema. En alguien al que se le ha derrumbado el mundo, tal como lo venía sosteniendo hasta entonces, puede presentarse simplemente con una interrogación: ¿Qué día es hoy? ¿Dónde estoy? ¿Quién soy yo? ¿Qué es el mundo? ¿Qué es el día? ¿Qué es la noche? ¿Por qué siento frío? ¿Por qué tengo calor? Lo que se llama ‘la evidencia natural’ deja de ser tal. Algo deja de estar sostenido como se sostenía hasta entonces», sostiene Vaschetto.

Mientras aclara que desconoce los pormenores de lo que sucedió en detalle ese día, López entiende que lo que vivió Chano en ese momento se puede plantear desde el psicoanálisis como «una situación de urgencia subjetiva». «La urgencia subjetiva es una ruptura de la cadena significante que implica un momento en el que el sujeto está fuera de sí, sin marco simbólico en el cual ordenarse y sin una escena en imágenes con la cual orientarse. Es un momento en el que sujeto queda en suspenso. Es un momento de máximo sufrimiento que lo puede llevar a acciones violentas hetero o autoagresivas. En algunos casos, pueden llevar al pasaje al acto, que es un poco lo que pasó en esta situación«, explica. Pero también entiende que hay algo relevante por señalar: el contexto de esta situación en la pandemia. «Venimos de una sociedad en donde la organización social y cultural aspira a erradicar todo peligro susceptible de perjudicar a los ciudadanos. Todo riesgo debe ser calculado, previsto. Nos hicieron creer que cualquier cosa que atentara contra el hombre podía ser controlada, podía ser regulada. Es lo que los sociólogos llamaban ‘sociedades de riesgo y de seguridad’, donde cualquier mal debía de ser previsto». La pandemia, entiende este psicoanalista, dio vuelta todo esto: no hay ningún mal que pueda ser regulado y no hay ningún mal que la ciencia y la tecnología puedan prever. «Nos mostró que somos frágiles y que nuestros artificios científicos y tecnológicos no son tan eficaces, no todos los males se pueden controlar, especialmente el mal que llevamos adentro nuestro y del que no queremos darnos cuenta y es más fácil ponerlo en Chano. La sociedad científica y tecnológica no puede, por más que quiera, regular el mal que cargamos en nosotros mismos. Sobre todo no puede entender que llevemos adelante actos que van en contra de nosotros mismos. Hay actos que llevamos adelante que no se orientan a nuestro propio bien sino que van en contra de nosotros mismos», explica López.

Una sociedad morbosa

¿Por qué casos de este tipo generan una gran dosis de morbo social? Lutereau tiene una respuesta: «Por un lado, porque se trata de una persona pública. Y eso quiere decir que se trata de una persona que absorbe la proyección de todo el resto de la sociedad. Por lo general, las personas públicas y populares no suelen ser consideradas en su registro más humano. Pocas veces se piensa que cuando se agrede a una persona pública se está también lastimando a una familia, se está hiriendo una parte del tejido social. Cuando lastimamos a personas públicas de una forma impune, en realidad, también nos estamos lastimando nosotros a nosotros mismos. Ese es el morbo. El morbo es que nos podamos lastimar a nosotros mismos a través de esa agresión desligada y que va directamente hacia la persona pública en la que se proyectan todo tipo de suposiciones«, sostiene Lutereau. «Muchas veces se juzga a la familia como si quien atraviesa una situación de este tenor tuviera una familia que tiene la culpa y, por lo tanto, tendría que pagar por este tipo de situaciones. Y, en realidad, eso es desconocer la complejidad que tienen este tipo de casos y, en muchas ocasiones, la familia también es parte de un entramado afectado y que necesita contención», concluye Lutereau.

La ley de Salud Mental y el caso Chano

Desde algunos sectores se cuestionó la Ley Nacional de Salud Mental 26.657, pero la norma habla de la internación involuntaria para las personas que presenten riesgo inminente para sí o para terceros, por lo que resulta falso lo que se está señalando, que esta ley prohíbe internar si la persona no da su consentimiento. «La Ley Nacional de Salud Mental fue sancionada en 2010 y tiene vigencia. Fue el producto de un trabajo de debate intenso de todos los profesionales del área de salud mental. Es actual y creo que los medios tendrían que leerla antes de hablar de la Ley de Salud Mental porque realmente es bastante clara, es corta, se puede leer fácil”, plantea López.

La internación en sí es una herramienta que tenemos los psiquiatras y los psicólogos: es el último recurso, a veces, que tenemos en algunos casos que atendemos. Y en la ley está bien claro que la internación tiene que ser temporaria, cuando es voluntaria, y cuando es involuntaria uno tiene que ver casos donde no hay conciencia de enfermedad y el sujeto está en estado de confusión, se apela siempre al familiar que ofrece consentimiento a esa internación. Y en la ley está bien claro que la internación involuntaria es una herramienta también posible que, obviamente, es excepcional, se usa cuando no tenemos otras herramientas para intervenir y justamente cuando, en realidad, está en juego la vida del sujeto o está en juego la vida de un tercero”, agrega López.

Lutereau también menciona que hay una artículo que habla de la posibilidad de internación involuntaria. «Desde que salió la Ley de Salud Mental, hay medios que también responden a intereses específicos que no tienen ni el menor interés en dar una disputa o una discusión académica, epistemológica, de lo que son políticas de salud mental y que están objetando esa ley, muchas veces sin conocerla. Y, efectivamente, la crítica a la Ley de Salud Mental es parte del intento de justificar nuevamente las actitudes punitivas que pesan sobre el sufrimiento mental». El doctor en Psicología y Filosofía también observa como contrapunto que «no hay romantizar la locura, no caer nuevamente en una lectura ideológica. Hay que tener cuidado de no reproducir el argumento ideológico y a una lectura ideológica oponerle otra lectura ideológica sino que más bien se trata de tener una lectura que esté a la altura de la complejidad que implica el sufrimiento mental y la múltiple esfera de intervención, la multiplicidad de estrategias que requiere su tratamiento», advierte Lutereau.

 

Vaschetto coincide con lo que señala la norma en cuanto a la internación involuntaria y dice: «No es un problema de la ley en sí misma”. Pero tiene sus reparos: “Lo que sí ha pasado con la Ley de Salud Mental, con todas las buenas intenciones que posee, es que no ha logrado resolver los gravísimos problemas que hay a nivel de la salud mental en nuestro país. Se ha intentado avanzar, por ejemplo, en la desmanicomialización y lo que se ha logrado es una desinstitucionalización. Ya no se cuenta ni con las instituciones ni tampoco se cuenta con los recursos por fuera del asilo para asistir a personas con patologías graves», considera el psiquiatra y psicoanalista.

Fuente: Página 12
Operador: Luciano Balmaceda