El Obersturmbannführer de las SS Rudolf Höss estuvo a punto de no pagar por sus crímenes. Estuvo a un paso de integrar la lista de los criminales de guerra nazis más buscados del mundo, junto a Joseph Mengele, Adolf Eichmann, Kalus Barbie y unos pocos más, pero no pudo escapar. En los últimos días de la guerra, cuando ya estaba todo perdido, su jefe directo, Heinrich Himmler le sugirió que cuando llegaran las tropas aliadas a Auschwitz se ocultara entre el personal del campo para que no lo reconocieran. Si lo detenían su destino seguro era el patíbulo, porque los crímenes del “animal de Auschwitz”, como se lo conocía, no podían ser castigados con otra pena que no fuera la de muerte. Disfrazado de jardinero y con documentos falsos a nombre de Franz Lang casi lo logra, pero Hedwig, su esposa, lo delató para proteger a su hijo Klaus, prisionero de los soviéticos. La joven que mató a su madre de 79 puñaladas y se convirtió en estrella de TikTok: “Creí que estaba salvando al mundo” Te puede interesar: La joven que mató a su madre de 79 puñaladas y se convirtió en estrella de TikTok: “Creí que estaba salvando al mundo” Para entonces, Höss ya había escapado por la ruta de las ratas a Flensburgo, donde trataba de vivir con su nueva identidad como un ciudadano común. Cuando lo descubrieron intentó morder una píldora de cianuro y no alcanzó a hacerlo; entonces, contra toda evidencia, negó una y otra vez ser el comandante de Auschwitz. No le sirvió de nada: lo identificaron por su anillo de bodas, donde estaba grabado su nombre junto al de su mujer. AD Después de eso, ya no intentó ocultar nada. “Yo mandé en Auschwitz hasta el 1 de diciembre de 1943, y calculo que al menos 2.500.000 de personas fueron asesinadas y desechadas allí por gases y quemaduras; al menos medio millón más murieron de hambre y enfermedades, lo que hace un total de 3.000.000 de muertos. El número representa alrededor del 70 u 80 por ciento de todas las personas que fueron enviadas a Auschwitz como prisioneros. Los niños muy pequeños, incapaces de trabajar, fueron asesinados por principio”, declaró con frialdad en el juicio. Sobrevivió al nazismo y a una dictadura feroz pero cayó ante un asesino de masas: el maestro que antes de morir salvó a sus alumnos Te puede interesar: Sobrevivió al nazismo y a una dictadura feroz pero cayó ante un asesino de masas: el maestro que antes de morir salvó a sus alumnos Nunca mostró arrepentimiento. Para él la muerte era una simple cuestión de números, una ecuación a resolver, que incluso lo llevó a “corregir” al presidente del tribunal cuando éste afirmó que había muerto tres millones de personas en las cámaras de gas. “Fueron solamente dos millones y medio, los demás murieron de hambre, agotamiento o enfermedad”, le discutió. AD El presidente del tribunal y el jefe nazi se equivocaban en sus cifras, porque más adelante cálculos más precisos determinarían que, durante los casi cinco años de existencia del complejo de exterminio de Auschwitz-Birkenau, pasaron por allí 1.300.000 personas, de las cuales 1.100.000 fueron asesinadas de diferentes maneras: en las cámaras de gas, por hambre, por castigos extremos, a balazos o en siniestros experimentos médicos. Según la Enciclopedia del Holocausto, murieron 960.000 judíos, 74.000 polacos, 21.000 gitanos, 15.000 prisioneros de guerra soviéticos, y entre 10.000 y 15.000 detenidos de otros orígenes. Quince ladrones, un error infantil y una condena de más de 300 años: la caída de la banda que desafió a la corona británica Te puede interesar: Quince ladrones, un error infantil y una condena de más de 300 años: la caída de la banda que desafió a la corona británica Ese error inicial del cálculo tendría consecuencias, porque fue aprovechado por los negacionistas para poner en cuestión la existencia del Holocausto, como si la diferencia entre una y otra cifra pudiera diluir un genocidio. Lo innegable que es Höss se sentía orgulloso de su papel en la matanza, quizás no tanto por haber sido el responsable de la muerte de más de un millón de personas sino por la eficiencia con que las había perpetrado. Fue sentenciado a morir en la horca y ejecutado el 16 de abril de 1947. El lugar elegido para colgarlo fue todo un símbolo: el cadalso fue levantado junto al crematorio más antiguo que Höss había construido en el campo de concentración. Cuando le preguntaron si quería decir sus últimas palabras antes de morir, al “animal de Auschwitz” prefirió el silencio. Brigitte, la hija de Hoss Brigitte, la hija de Hoss Nazi desde el principio Si Auschwitz fue idea de Heinrich Himmler y del “arquitecto de la solución final”, Adolf Eichmann, no cabe duda de que fue obra de Rudolf Höss. Se encargó de su construcción y de su funcionamiento, fue su primer y último comandante, y artífice del sistema de cámaras de gas para la eliminación de prisioneros. Cuando Himmler lo eligió para construir y comandar Auschwitz sabía lo que hacía: era un nazi convencido que se había incorporado al movimiento casi en sus orígenes y también un soldado obediente y eficaz, que no solo sabía seguir las órdenes al pie de la letra sino también a aplicar su propia creatividad para cumplirlas de manera más eficiente. Nacido en Baden-Baden el 25 de noviembre de 1901, fue criado y educado para obedecer. Hijo de padres católicos practicantes, en el proyecto familiar debía cumplir un destino de sacerdote, pero la Primera Guerra Mundial le hizo cambiar ese futuro con sotana por un presente urgente de uniforme militar. A espaldas de su madre, se incorporó al Ejército a los 15 años, para lo que debió mentir la edad, porque la mínima era de 16. Fue así el suboficial más joven de las filas y fue condecorado con la Cruz de Hierro luego de ser herido en varias ocasiones en el campo de batalla. Como al cabo Adolf Hitler y a muchos otros soldados prusianos, la derrota le resultó humillante, buscó culpables y no tardó en encontrarlos en los judíos y en los izquierdistas. Para dar rienda suelta a su venganza se incorporó a los Freikorps, un grupo paramilitar nacionalista y anticomunista, donde participó de varios atentados contra “los traidores a la patria”. Tenía 21 años cuando en 1922 se sumó a las filas del naciente partido nazi luego de escuchar los encendidos discurso de su líder, en los que se sintió de inmediato representado. El 31 de mayo de 1923, participó junto a Martin Bormann en el asesinato del militante populista Walter Kadow, sospechoso de haber entregado a las tropas de ocupación francesas al activista nacionalista Albert Leo Schlageter, a quien había conocido en los Freikorps. Fue sentenciado a diez años de prisión, pero lo liberaron en 1928, incluido en una amnistía. Con la llegada de Hitler al poder, se enroló en las SS y fue destinado a las siniestras Unidades de la Calavera, encargadas de administrar y custodiar los incipientes campos de concentración. Su primer destino fue Dachau, en Baviera, en ese momento lugar de hacinamiento de cientos de presos políticos. Por su eficaz desempeño fue ascendido a capitán y ayudante de campo de Herman Baranowski en el campo de Sachsenhausen, en Brandemburgo. FILE PHOTO: An undated archive photograph shows Auschwitz II-Birkenau’s main guard house which prisoners called “the gate of death” and the railway with the remains of abandoned crockery. The railway, which was built in 1944, was the last stop for the trains bringing Jews to the death camp. AUSCHWITZ MUSEUM/Handout via REUTERS/File Photo FILE PHOTO: An undated archive photograph shows Auschwitz II-Birkenau’s main guard house which prisoners called “the gate of death” and the railway with the remains of abandoned crockery. The railway, which was built in 1944, was the last stop for the trains bringing Jews to the death camp. AUSCHWITZ MUSEUM/Handout via REUTERS/File Photo El animal de Auschwitz Con el inicio de la guerra, la carrera de Höss se disparó hacia la cumbre. Su fama de oficial eficiente ya había llamado la atención de Himmler, quien le encargó que se ocupara de construir y poner en marcha el campo de Auschwitz en la Polonia ocupada. Fue el séptimo campo de concentración construido por los nazis, después de Dachau (el primero, construido en 1933, apenas Adolf Hitler se hizo con la suma del poder en Alemania), Sachsenhausen, Buchenwald, Flossenbürg, Mauthausen y el campo de mujeres Ravensbrück. Para montar el campo de Auschwitz se eligió un lugar estratégico. La ciudad más cercana, Oświęcim, estaba ubicada en un enclave ferroviario favorable para los nazis, en el este, donde las líneas ferroviarias del sur de Praga y Viena se cruzaban con las de Berlín, Varsovia y las zonas industriales del norte de Silesia. Ese cruce de vías facilitaba el traslado de los prisioneros. Por eso, Auschwitz fue mucho más que un simple campo de concentración. Se erigió como un complejo integrado por tres campos principales: Auschwitz I, el campo original; Auschwitz II-Birkenau, un campo de concentración y exterminio; y Auschwitz III-Monowitz, un campo de trabajo para la empresa alemana IG Farben. Llegó a tener, además, otros 45 campos satélites. Casi toda esa monumental obra de muerte fue obra de Höss, que lo comandó durante casi toda la guerra, salvo un breve período en el que estuvo destinado en Berlín. A mediados de 1941, Himmler llamó a Höss a la capital del Reich para darle directivas personalmente. El exterminio de los judíos estaba en marcha y Auschwitz debía cumplir un papel central para llevarlo hasta las últimas consecuencias. “El Führer ha decretado la Solución Final para el problema judío. Nosotros, las SS, tenemos que ejecutar los planes. Es un trabajo duro, pero si no se lleva a cabo inmediatamente, en lugar de que nosotros exterminemos a los judíos, los judíos exterminarán a los alemanes en el futuro”, le dijo el sanguinario ladero del dictador nazi. Imagen WVHVKM424JB6PN6Y4SPUSBZWII Con la misión, Höss recibió también otro ascenso, esta vez a comandante general. Para llevar a cabo su cometido, instaló cámaras de gas disfrazadas de duchas, donde los prisioneros eran llevados supuestamente a bañarse, pero en lugar de agua sobre sus cuerpos recibían gas Zyklon-B. El comandante no solo se limitó a seguir las instrucciones, sino que mejoró una y otra vez el mecanismo para hacerlo más eficientemente mortal. En esas falsas duchas eran asesinados miles de prisioneros por día, pero el mayor problema logístico era deshacerse de los cuerpos. Para solucionarlo, Höss ordenó construir crematorios que los convirtieran en cenizas. Cuando no daba abasto, los hacía quemar en enormes fosas colectivas al aire libre. Un informe de las SS de 1941 describe a Höss describe como un “verdadero pionero en esta área debido a sus nuevas ideas y métodos educativos”. AD “Técnicamente no fue tan difícil, no habría sido difícil exterminar a números aún mayores (de prisioneros). Matarlos en sí mismo tomaba el menor tiempo. Podrías deshacerte de dos mil cabezas en media hora, pero fue la quema (de los cadáveres) lo que se llevaba todo el tiempo. Matarlos fue fácil; ni siquiera necesitabas guardias para llevarlos a las cámaras; simplemente entraban esperando tomar duchas y, en lugar de agua, poníamos gas venenoso. Todo era muy rápido”, explicaría después Höss durante el juicio de Nuremberg. Cuando Himmler visitó el campo quedó encantado por la eficiencia de su comandante. En sus memorias, Höss dejó escrito que lo felicitó durante la cena, en la cual estuvo “de excelente humor, habló de todos los posibles temas que se plantearon durante la conversación. Bebió unos vasos de vino tinto y fumó, algo que normalmente no hacía. Todos quedaron encantados con su buen humor y su brillante conversación”. Brigitte, la hija de Hoss Brigitte, la hija de Hoss Un siniestro contraste La comida con que fue agasajado Himmler tuvo lugar en la villa ubicada a pocos kilómetros del campo de concentración, donde Höss vivía con su mujer, Hedwig, y sus cinco hijos. Allí, la familia vivía en otro mundo, casi ajena a las masacres que se cometían en Auschwitz-Birkenau. La película La zona de interés, dirigida por el cineasta británico Jonathan Glazer, basada en una novela de Martin Amis, muestra esa realidad: un hogar agradable con jardines llenos de flores del otro lado de los muros que ocultaban matanzas diarias. La casa tenía diez habitaciones, baños, cocinas, caballerizas más confortables que las barracas de los prisioneros del campo y un enorme jardín que la señora Höss atendía personalmente. “La voluntad de mi familia era mi ley”, escribió Höss en sus memorias, en las que también habló del jardín de su esposa y de los juegos de sus hijos. Durante su estancia en la zona de interés de Auschwitz, Hedwig Hoss empleó en su casa a dos costureras polacas que, entre otras cosas, modificaban o reparaban la ropa robada de las víctimas de los campos de concentración. También instaló un taller de costura en los terrenos del campo de concentración, donde las prisioneras tenían que confeccionar principalmente ropa para las esposas de los miembros del personal de las SS. “Mi familia lo pasó bien en Auschwitz. Todos los deseos que tuvieron mi esposa y mis hijos se cumplieron. Los niños pudieron vivir libremente y sin restricciones. Mi esposa tenía su paraíso de flores. Los prisioneros hicieron todo lo posible para ser amables con mi esposa y mis hijos, para mostrarles algún tipo de atención. Probablemente ningún expreso podrá decir que alguna vez lo trataron mal en nuestra casa. A mi esposa le hubiera gustado dar algo a cada prisionero que tuviera algo que ver con nosotros”, escribió Höss en sus memorias. Tal vez el único nubarrón que ensombrecía la bucólica vida familiar haya sido la falta de sexo, porque una vez que su marido le contó con exactitud lo que ocurría en el campo, la señora Höss dejó de tener “deseos carnales”. Los hijos, en cambio ignoraban todo. Muchos años más tarde, uno de ellos, Brigitte Höss, que se convirtió en una famosa modelo, dijo de su vida en esos tiempos: “Debía de haber dos caras en mi padre, la que yo conocía y otra. Para mí era el hombre más bueno del mundo”. Tan placentera era para la señora Höss y sus vástagos la villa que cuando en 1943 Himmler decidió trasladarlo a Berlín como supervisor de todo el sistema de campos de concentración, la familia se quedó allí, como si fuera su lugar en el mundo, a metros de un lugar donde la muerte era un producto que se fabricaba en serie. Trailer de “Zona de interés”, de Jonathan Glazer La masacre de los húngaros El ascenso y traslado de Rudolf Höss tenía otros motivos que se mantuvieron en secreto: una investigación interna de las SS descubrió un enorme sistema de corrupción en el campo de concentración, en el cual el comandante estaba involucrado. A otro oficial de las SS le habría costado la cárcel o, quizás, el fusilamiento, pero Himmler apreciaba de tal manera la eficacia del “animal de Auschwitz” que prefirió preservarlo. Tanto que cuando resolvió trasladar allí y asesinar a casi medio millón de húngaros lo restituyó en el cargo para garantizar el éxito de la tarea. Fue una operación monumental que comenzó el 15 de mayo de mayo de 1944 y pasó a la historia como el Holocausto de Hungría: en menos de dos meses, 427 mil judíos fueron trasladados en 1.500 trenes hasta Auschwitz para ser inmediatamente exterminados. Apenas unos pocos miles pudieron sobrevivir. Un informe del diplomático español Ángel Sanz Briz, acreditado en Budapest, da cuenta de esos traslados: “Afirman que el número de los israelitas deportados se aproxima a 500.000. Sobre su suerte en la capital corren rumores alarmantes. Insisten en que la mayoría de los deportados judíos (en cada vagón de carga van unas 80 personas amontonadas) están dirigidos a un campo de concentración en Polonia donde los matan con gas, utilizando los cadáveres como grasa para ciertos productos industriales”. Se perpetraban alrededor de diez mil ejecuciones por día en las cámaras de gas y por su eficiencia el comandante de Auschwitz recibió la Cruz al Mérito de Guerra de primera y segunda clase. “Debo admitir que el proceso de gases tuvo un efecto calmante sobre mí. Siempre tuve horror por los disparos pensando en la cantidad de personas, mujeres y niños. Me sentí aliviado de que nos hubiéramos ahorrado estos baños de sangre”, declaró Höss en el juicio de Nuremberg. Después fue extraditado a Polonia, donde fue juzgado del 11 al 29 de marzo de 1947 y condenado a morir en la horca. La pena capital se ejecutó el 16 de abril de 1947 en los terrenos del campo principal de Auschwitz, donde Höss había sido dueño de la vida y de la muerte. Brigitte, la hija de Hoss Brigitte, la hija de Hoss “Sangre en las manos de la familia” La participación de Rudolf Höss en la perpetración del Holocausto marcó para siempre a su familia. La esposa que lo delató, Hedwig, se fue a vivir con sus cinco hijos al sur de Alemania, donde nadie la conocía, y nunca habló del asunto. Después emigró a los Estados Unidos y se radicó en Virginia. Se suicidó tomando veneno en 1989, durante una visita a su hija Ingebritt. Ingebritt Höss murió en 2023 y negó siempre el Holocausto. Entre ella y su hermano Hans Jürgen, que sí repudió el accionar de su padre, se rompió toda comunicación hasta su muerte. Otro de los hermanos, Klaus Höss, murió alcohólico en 1986. Los nietos de Höss crecieron sin saber quién era realmente su abuelo. “Estaba en el sexto o séptimo curso y hablamos en clase del Holocausto, cuando se mencionó el nombre de Höss se me despertó la atención y le pregunté a mi madre si teníamos algo que ver con ese hombre. Mi madre dijo que ese hombre era mi abuelo, nunca habíamos hablado de él. Más tarde, cuando tenía 16 o 17 años, antes de ir al ejército, leí los apuntes autobiográficos que Rudolf Höss había escrito en la cárcel después de la guerra. Quedé horriblemente golpeado y asqueado. Mi abuelo era el genocida más grande de la historia de la humanidad”, contó uno de ellos, Kai Höss, en una entrevista publicada por la revista alemana Der Spiegel en 2024, en ocasión del estreno del documental La sombra del comandante, dirigido por la argentina Daniela Völker. La película se centra en la historia de Jurgen, uno de los hijos de Höss, que relata su vida en la villa contigua al campo de concentración que dirigía su padre y cuenta con la participación de Anita Lasker-Wallfisch, una sobreviviente de Auschwitz, con la que se encuentra frente a las cámaras para hablar de sus vidas. Kai, el hijo de Jürgen, es quien anima a su padre a ponerse frente a las cámaras y encontrarse con Anita. “Hay sangre en las manos de la familia Höss”, dice Kai en el documental. En la entrevista con Der Spiegel, el periodista le pregunta qué quiso decir con esa frase, si se sentía de alguna manera responsable. Kai responde: “Naturalmente no somos culpables. Pero una especie de culpa de sangre nos alcanza, porque durante mucho tiempo no nos confrontamos con los crímenes del abuelo”.
Rudolf Höss fue ejecutado en la horca el 16 de abril de 1947 en el patio del campo de exterminio nazi que había dirigido durante casi toda la guerra. Considerado por Himmler como uno de los ejecutores más eficientes de la “solución final”, los aliados lo capturaron gracias a la denuncia de su esposa. El frío relato de su misión que dejó en sus memorias y el estigma que marcó a toda su familia
El Obersturmbannführer de las SS Rudolf Höss estuvo a punto de no pagar por sus crímenes. Estuvo a un paso de integrar la lista de los criminales de guerra nazis más buscados del mundo, junto a Joseph Mengele, Adolf Eichmann, Kalus Barbie y unos pocos más, pero no pudo escapar. En los últimos días de la guerra, cuando ya estaba todo perdido, su jefe directo, Heinrich Himmler le sugirió que cuando llegaran las tropas aliadas a Auschwitz se ocultara entre el personal del campo para que no lo reconocieran. Si lo detenían su destino seguro era el patíbulo, porque los crímenes del “animal de Auschwitz”, como se lo conocía, no podían ser castigados con otra pena que no fuera la de muerte. Disfrazado de jardinero y con documentos falsos a nombre de Franz Lang casi lo logra, pero Hedwig, su esposa, lo delató para proteger a su hijo Klaus, prisionero de los soviéticos.
Para entonces, Höss ya había escapado por la ruta de las ratas a Flensburgo, donde trataba de vivir con su nueva identidad como un ciudadano común. Cuando lo descubrieron intentó morder una píldora de cianuro y no alcanzó a hacerlo; entonces, contra toda evidencia, negó una y otra vez ser el comandante de Auschwitz. No le sirvió de nada: lo identificaron por su anillo de bodas, donde estaba grabado su nombre junto al de su mujer.
Después de eso, ya no intentó ocultar nada. “Yo mandé en Auschwitz hasta el 1 de diciembre de 1943, y calculo que al menos 2.500.000 de personas fueron asesinadas y desechadas allí por gases y quemaduras; al menos medio millón más murieron de hambre y enfermedades, lo que hace un total de 3.000.000 de muertos. El número representa alrededor del 70 u 80 por ciento de todas las personas que fueron enviadas a Auschwitz como prisioneros. Los niños muy pequeños, incapaces de trabajar, fueron asesinados por principio”, declaró con frialdad en el juicio.
Nunca mostró arrepentimiento. Para él la muerte era una simple cuestión de números, una ecuación a resolver, que incluso lo llevó a “corregir” al presidente del tribunal cuando éste afirmó que había muerto tres millones de personas en las cámaras de gas. “Fueron solamente dos millones y medio, los demás murieron de hambre, agotamiento o enfermedad”, le discutió.
El presidente del tribunal y el jefe nazi se equivocaban en sus cifras, porque más adelante cálculos más precisos determinarían que, durante los casi cinco años de existencia del complejo de exterminio de Auschwitz-Birkenau, pasaron por allí 1.300.000 personas, de las cuales 1.100.000 fueron asesinadas de diferentes maneras: en las cámaras de gas, por hambre, por castigos extremos, a balazos o en siniestros experimentos médicos. Según la Enciclopedia del Holocausto, murieron 960.000 judíos, 74.000 polacos, 21.000 gitanos, 15.000 prisioneros de guerra soviéticos, y entre 10.000 y 15.000 detenidos de otros orígenes.
Ese error inicial del cálculo tendría consecuencias, porque fue aprovechado por los negacionistas para poner en cuestión la existencia del Holocausto, como si la diferencia entre una y otra cifra pudiera diluir un genocidio. Lo innegable que es Höss se sentía orgulloso de su papel en la matanza, quizás no tanto por haber sido el responsable de la muerte de más de un millón de personas sino por la eficiencia con que las había perpetrado.
Fue sentenciado a morir en la horca y ejecutado el 16 de abril de 1947. El lugar elegido para colgarlo fue todo un símbolo: el cadalso fue levantado junto al crematorio más antiguo que Höss había construido en el campo de concentración. Cuando le preguntaron si quería decir sus últimas palabras antes de morir, al “animal de Auschwitz” prefirió el silencio.

Nazi desde el principio
Si Auschwitz fue idea de Heinrich Himmler y del “arquitecto de la solución final”, Adolf Eichmann, no cabe duda de que fue obra de Rudolf Höss. Se encargó de su construcción y de su funcionamiento, fue su primer y último comandante, y artífice del sistema de cámaras de gas para la eliminación de prisioneros. Cuando Himmler lo eligió para construir y comandar Auschwitz sabía lo que hacía: era un nazi convencido que se había incorporado al movimiento casi en sus orígenes y también un soldado obediente y eficaz, que no solo sabía seguir las órdenes al pie de la letra sino también a aplicar su propia creatividad para cumplirlas de manera más eficiente.
Nacido en Baden-Baden el 25 de noviembre de 1901, fue criado y educado para obedecer. Hijo de padres católicos practicantes, en el proyecto familiar debía cumplir un destino de sacerdote, pero la Primera Guerra Mundial le hizo cambiar ese futuro con sotana por un presente urgente de uniforme militar. A espaldas de su madre, se incorporó al Ejército a los 15 años, para lo que debió mentir la edad, porque la mínima era de 16. Fue así el suboficial más joven de las filas y fue condecorado con la Cruz de Hierro luego de ser herido en varias ocasiones en el campo de batalla. Como al cabo Adolf Hitler y a muchos otros soldados prusianos, la derrota le resultó humillante, buscó culpables y no tardó en encontrarlos en los judíos y en los izquierdistas. Para dar rienda suelta a su venganza se incorporó a los Freikorps, un grupo paramilitar nacionalista y anticomunista, donde participó de varios atentados contra “los traidores a la patria”.
Tenía 21 años cuando en 1922 se sumó a las filas del naciente partido nazi luego de escuchar los encendidos discurso de su líder, en los que se sintió de inmediato representado. El 31 de mayo de 1923, participó junto a Martin Bormann en el asesinato del militante populista Walter Kadow, sospechoso de haber entregado a las tropas de ocupación francesas al activista nacionalista Albert Leo Schlageter, a quien había conocido en los Freikorps. Fue sentenciado a diez años de prisión, pero lo liberaron en 1928, incluido en una amnistía.
Con la llegada de Hitler al poder, se enroló en las SS y fue destinado a las siniestras Unidades de la Calavera, encargadas de administrar y custodiar los incipientes campos de concentración. Su primer destino fue Dachau, en Baviera, en ese momento lugar de hacinamiento de cientos de presos políticos. Por su eficaz desempeño fue ascendido a capitán y ayudante de campo de Herman Baranowski en el campo de Sachsenhausen, en Brandemburgo.

El animal de Auschwitz
Con el inicio de la guerra, la carrera de Höss se disparó hacia la cumbre. Su fama de oficial eficiente ya había llamado la atención de Himmler, quien le encargó que se ocupara de construir y poner en marcha el campo de Auschwitz en la Polonia ocupada. Fue el séptimo campo de concentración construido por los nazis, después de Dachau (el primero, construido en 1933, apenas Adolf Hitler se hizo con la suma del poder en Alemania), Sachsenhausen, Buchenwald, Flossenbürg, Mauthausen y el campo de mujeres Ravensbrück.
Para montar el campo de Auschwitz se eligió un lugar estratégico. La ciudad más cercana, Oświęcim, estaba ubicada en un enclave ferroviario favorable para los nazis, en el este, donde las líneas ferroviarias del sur de Praga y Viena se cruzaban con las de Berlín, Varsovia y las zonas industriales del norte de Silesia. Ese cruce de vías facilitaba el traslado de los prisioneros. Por eso, Auschwitz fue mucho más que un simple campo de concentración. Se erigió como un complejo integrado por tres campos principales: Auschwitz I, el campo original; Auschwitz II-Birkenau, un campo de concentración y exterminio; y Auschwitz III-Monowitz, un campo de trabajo para la empresa alemana IG Farben. Llegó a tener, además, otros 45 campos satélites. Casi toda esa monumental obra de muerte fue obra de Höss, que lo comandó durante casi toda la guerra, salvo un breve período en el que estuvo destinado en Berlín.
A mediados de 1941, Himmler llamó a Höss a la capital del Reich para darle directivas personalmente. El exterminio de los judíos estaba en marcha y Auschwitz debía cumplir un papel central para llevarlo hasta las últimas consecuencias. “El Führer ha decretado la Solución Final para el problema judío. Nosotros, las SS, tenemos que ejecutar los planes. Es un trabajo duro, pero si no se lleva a cabo inmediatamente, en lugar de que nosotros exterminemos a los judíos, los judíos exterminarán a los alemanes en el futuro”, le dijo el sanguinario ladero del dictador nazi.

Con la misión, Höss recibió también otro ascenso, esta vez a comandante general. Para llevar a cabo su cometido, instaló cámaras de gas disfrazadas de duchas, donde los prisioneros eran llevados supuestamente a bañarse, pero en lugar de agua sobre sus cuerpos recibían gas Zyklon-B. El comandante no solo se limitó a seguir las instrucciones, sino que mejoró una y otra vez el mecanismo para hacerlo más eficientemente mortal.
En esas falsas duchas eran asesinados miles de prisioneros por día, pero el mayor problema logístico era deshacerse de los cuerpos. Para solucionarlo, Höss ordenó construir crematorios que los convirtieran en cenizas. Cuando no daba abasto, los hacía quemar en enormes fosas colectivas al aire libre. Un informe de las SS de 1941 describe a Höss describe como un “verdadero pionero en esta área debido a sus nuevas ideas y métodos educativos”.
“Técnicamente no fue tan difícil, no habría sido difícil exterminar a números aún mayores (de prisioneros). Matarlos en sí mismo tomaba el menor tiempo. Podrías deshacerte de dos mil cabezas en media hora, pero fue la quema (de los cadáveres) lo que se llevaba todo el tiempo. Matarlos fue fácil; ni siquiera necesitabas guardias para llevarlos a las cámaras; simplemente entraban esperando tomar duchas y, en lugar de agua, poníamos gas venenoso. Todo era muy rápido”, explicaría después Höss durante el juicio de Nuremberg.
Cuando Himmler visitó el campo quedó encantado por la eficiencia de su comandante. En sus memorias, Höss dejó escrito que lo felicitó durante la cena, en la cual estuvo “de excelente humor, habló de todos los posibles temas que se plantearon durante la conversación. Bebió unos vasos de vino tinto y fumó, algo que normalmente no hacía. Todos quedaron encantados con su buen humor y su brillante conversación”.

Un siniestro contraste
La comida con que fue agasajado Himmler tuvo lugar en la villa ubicada a pocos kilómetros del campo de concentración, donde Höss vivía con su mujer, Hedwig, y sus cinco hijos. Allí, la familia vivía en otro mundo, casi ajena a las masacres que se cometían en Auschwitz-Birkenau.
La película La zona de interés, dirigida por el cineasta británico Jonathan Glazer, basada en una novela de Martin Amis, muestra esa realidad: un hogar agradable con jardines llenos de flores del otro lado de los muros que ocultaban matanzas diarias. La casa tenía diez habitaciones, baños, cocinas, caballerizas más confortables que las barracas de los prisioneros del campo y un enorme jardín que la señora Höss atendía personalmente. “La voluntad de mi familia era mi ley”, escribió Höss en sus memorias, en las que también habló del jardín de su esposa y de los juegos de sus hijos.
Durante su estancia en la zona de interés de Auschwitz, Hedwig Hoss empleó en su casa a dos costureras polacas que, entre otras cosas, modificaban o reparaban la ropa robada de las víctimas de los campos de concentración. También instaló un taller de costura en los terrenos del campo de concentración, donde las prisioneras tenían que confeccionar principalmente ropa para las esposas de los miembros del personal de las SS. “Mi familia lo pasó bien en Auschwitz. Todos los deseos que tuvieron mi esposa y mis hijos se cumplieron. Los niños pudieron vivir libremente y sin restricciones. Mi esposa tenía su paraíso de flores. Los prisioneros hicieron todo lo posible para ser amables con mi esposa y mis hijos, para mostrarles algún tipo de atención. Probablemente ningún expreso podrá decir que alguna vez lo trataron mal en nuestra casa. A mi esposa le hubiera gustado dar algo a cada prisionero que tuviera algo que ver con nosotros”, escribió Höss en sus memorias.
Tal vez el único nubarrón que ensombrecía la bucólica vida familiar haya sido la falta de sexo, porque una vez que su marido le contó con exactitud lo que ocurría en el campo, la señora Höss dejó de tener “deseos carnales”. Los hijos, en cambio ignoraban todo. Muchos años más tarde, uno de ellos, Brigitte Höss, que se convirtió en una famosa modelo, dijo de su vida en esos tiempos: “Debía de haber dos caras en mi padre, la que yo conocía y otra. Para mí era el hombre más bueno del mundo”.
Tan placentera era para la señora Höss y sus vástagos la villa que cuando en 1943 Himmler decidió trasladarlo a Berlín como supervisor de todo el sistema de campos de concentración, la familia se quedó allí, como si fuera su lugar en el mundo, a metros de un lugar donde la muerte era un producto que se fabricaba en serie.

La masacre de los húngaros
El ascenso y traslado de Rudolf Höss tenía otros motivos que se mantuvieron en secreto: una investigación interna de las SS descubrió un enorme sistema de corrupción en el campo de concentración, en el cual el comandante estaba involucrado. A otro oficial de las SS le habría costado la cárcel o, quizás, el fusilamiento, pero Himmler apreciaba de tal manera la eficacia del “animal de Auschwitz” que prefirió preservarlo. Tanto que cuando resolvió trasladar allí y asesinar a casi medio millón de húngaros lo restituyó en el cargo para garantizar el éxito de la tarea.
Fue una operación monumental que comenzó el 15 de mayo de mayo de 1944 y pasó a la historia como el Holocausto de Hungría: en menos de dos meses, 427 mil judíos fueron trasladados en 1.500 trenes hasta Auschwitz para ser inmediatamente exterminados. Apenas unos pocos miles pudieron sobrevivir.
Un informe del diplomático español Ángel Sanz Briz, acreditado en Budapest, da cuenta de esos traslados: “Afirman que el número de los israelitas deportados se aproxima a 500.000. Sobre su suerte en la capital corren rumores alarmantes. Insisten en que la mayoría de los deportados judíos (en cada vagón de carga van unas 80 personas amontonadas) están dirigidos a un campo de concentración en Polonia donde los matan con gas, utilizando los cadáveres como grasa para ciertos productos industriales”.
Se perpetraban alrededor de diez mil ejecuciones por día en las cámaras de gas y por su eficiencia el comandante de Auschwitz recibió la Cruz al Mérito de Guerra de primera y segunda clase. “Debo admitir que el proceso de gases tuvo un efecto calmante sobre mí. Siempre tuve horror por los disparos pensando en la cantidad de personas, mujeres y niños. Me sentí aliviado de que nos hubiéramos ahorrado estos baños de sangre”, declaró Höss en el juicio de Nuremberg.
Después fue extraditado a Polonia, donde fue juzgado del 11 al 29 de marzo de 1947 y condenado a morir en la horca. La pena capital se ejecutó el 16 de abril de 1947 en los terrenos del campo principal de Auschwitz, donde Höss había sido dueño de la vida y de la muerte.

“Sangre en las manos de la familia”
La participación de Rudolf Höss en la perpetración del Holocausto marcó para siempre a su familia. La esposa que lo delató, Hedwig, se fue a vivir con sus cinco hijos al sur de Alemania, donde nadie la conocía, y nunca habló del asunto. Después emigró a los Estados Unidos y se radicó en Virginia. Se suicidó tomando veneno en 1989, durante una visita a su hija Ingebritt.
Ingebritt Höss murió en 2023 y negó siempre el Holocausto. Entre ella y su hermano Hans Jürgen, que sí repudió el accionar de su padre, se rompió toda comunicación hasta su muerte. Otro de los hermanos, Klaus Höss, murió alcohólico en 1986.
Los nietos de Höss crecieron sin saber quién era realmente su abuelo. “Estaba en el sexto o séptimo curso y hablamos en clase del Holocausto, cuando se mencionó el nombre de Höss se me despertó la atención y le pregunté a mi madre si teníamos algo que ver con ese hombre. Mi madre dijo que ese hombre era mi abuelo, nunca habíamos hablado de él. Más tarde, cuando tenía 16 o 17 años, antes de ir al ejército, leí los apuntes autobiográficos que Rudolf Höss había escrito en la cárcel después de la guerra. Quedé horriblemente golpeado y asqueado. Mi abuelo era el genocida más grande de la historia de la humanidad”, contó uno de ellos, Kai Höss, en una entrevista publicada por la revista alemana Der Spiegel en 2024, en ocasión del estreno del documental La sombra del comandante, dirigido por la argentina Daniela Völker.
La película se centra en la historia de Jurgen, uno de los hijos de Höss, que relata su vida en la villa contigua al campo de concentración que dirigía su padre y cuenta con la participación de Anita Lasker-Wallfisch, una sobreviviente de Auschwitz, con la que se encuentra frente a las cámaras para hablar de sus vidas. Kai, el hijo de Jürgen, es quien anima a su padre a ponerse frente a las cámaras y encontrarse con Anita.
“Hay sangre en las manos de la familia Höss”, dice Kai en el documental. En la entrevista con Der Spiegel, el periodista le pregunta qué quiso decir con esa frase, si se sentía de alguna manera responsable. Kai responde: “Naturalmente no somos culpables. Pero una especie de culpa de sangre nos alcanza, porque durante mucho tiempo no nos confrontamos con los crímenes del abuelo”.
op: checo murciano
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